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Intervención a distancia. Javier Fabrissin / ATLAS 18


Siguiendo el mismo cauce, o uno que va en paralelo, de aquellos dispositivos diseñados para medir algún aspecto de nuestra actividad de la vida diaria, se pueden incluir todos los recursos desarrollados para proveer o monitorear tratamientos.  

Ofrecer intervenciones mediante el teléfono celular (o mediante videoconferencias y otros recursos semejantes) es una promisoria estrategia para superar las barreras en el acceso a los tratamientos. Los recursos basados en internet pueden mejorar la accesibilidad a los tratamientos, en especial en áreas con escasa concentración de recursos especializados o en zona distantes de los centros asistenciales, sumado al hecho de que los propios pacientes pueden recolectar información relacionada con su patología de base (1). De allí que existen numerosas iniciativas destinadas a brindar recursos terapéuticos y capturar datos relacionados con el estado del paciente (2).  

Resulta más que interesante apuntar que hay revisiones que dan cuenta de que las intervenciones cognitivo-conductuales para el tratamiento de la depresión mediante el uso de internet demostraron una efectividad aceptable (tamaño del efecto de 0,78 Hedges) al ser comparadas con lista de espera (3). Asimismo, un meta-análisis acerca de la efectividad de tratamientos basados en internet para el trastorno depresivo mayor, trastorno por pánico, fobia social y trastorno de ansiedad generalizada, encontró un tamaño del efecto de 0,88 y un NNT de 2,13 (4) para estas intervenciones. Otra revisión sobre el abordaje basado en el uso de celular para el tratamiento de la depresión, evaluó ensayos clínicos randomizados y controlados publicados hasta junio del 2016 que comparan la respuesta terapéutica en pacientes tratados de manera no presencial versus pacientes en tratamiento no activo (sin tratamiento, en lista de espera o placebo). El abordaje consistió en cualquier tipo de programa psicoterapéutico destinado al tratamiento de la depresión provisto de forma online o mediante teléfono celular. Los autores reportan los resultados de 19 estudios (y 29 intervenciones). Sorprendentemente el tamaño del efecto, al comparar las intervenciones con los resultados provenientes de lista de espera, fue de 0,9: ¡un efecto comparable al reportado en estudios de psicoterapia en general!, lo cual daría cuenta de que la psicoterapia presencial alcanza los mismos resultados que la psicoterapia virtual (5). 

Si esto es así, habría que reconsiderar cómo distribuir los abordajes clínicos en el ámbito de la salud pública, si tendría sentido ubicar recursos terapéuticos de una manera alternativa, por ejemplo, armar una especie de call-center psicoterapéutico

Todo esto me recuerda al Ojo de Halcón, ese producto de una conocida empresa de seguridad, una especie de cajero automático desde la que una cara, presuntamente atenta, vigila y controla todo lo que ocurre en un edificio y que, mal que pese, es más económico que pagar a un portero las 24hs. ¿Da lo mismo, entonces, estar presente de una forma convencional que estar presente pero desde atrás o dentro de una pantalla? Probablemente la respuesta no esté en nuestro gusto u opinión sino en el balance costo-beneficio.  

1) Bauer M. Internet use by patients with bipolar disorder: results from an international multisite survey. Psychiatry Res. 2016; 242: 388–394.

2) Hidalgo-Mazzeia et al. Is a simple smartphone application capable of improving biological rhythms in bipolar disorder? Journal of Affective Disorders 2017; 223: 10–16.

3) Andersson G., Cuijpers P. Internet-based and other computerized psychological treatments for adult depression: a meta-analysis. Cogn Behav Ther. 2009; 38(4): 196-205.

4) Andrews G et al. Computer therapy for the anxiety and depressive disorders is effective, acceptable and practical health care: a meta-analysis. PLoS One. 2010 Oct 13; 5(10): e13196. 

5) Königbauer et al. Internet- and mobile-based depression interventions for people with diagnosed depression: A systematic review and meta-analysis. Journal of Affective Disorders 2017; 223: 28–40. 


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