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Pánico homosexual en la Argentina del ‘900

por Diego Costa

Antes de empezar, permítanme una breve aclaración del contexto que inspira la escritura de estas líneas. En primer lugar, podrán advertir la influencia del estilo y las ideas que nuclean al Capítulo de Historia y Epistemología de la Psiquiatría (APSA), en sus ya casi 25 años de existencia. Más recientemente, podemos nombrar a Atlas como un nuevo ámbito que estimula —con un estilo diferente— la elaboración crítica de ideas en torno al campo de la Psiquiatría y la Salud Mental. Es en este nuevo ámbito que me permito entonces usar como primera referencia una fuente, digamos, poco ortodoxa: Peter Capusotto y sus Videos será así, en este caso, el disparador de las siguientes reflexiones. 

Sabemos que todo chiste que es explicado o sobreintelectualizado perderá irremediablemente su efecto humorístico. Es por eso que le pedimos al potencial lector de estas líneas, que antes de continuar con la lectura se tome dos minutos para ver este breve capítulo de Peter Capusotto y sus Videos (https://www.youtube.com/watch?v=fChpSECJdcU), que trata sobre un personaje que algunos, quizás, puedan reconocer: “el puto que asusta”.

Bien, si ya vieron el capítulo en cuestión, pasaremos a arruinar el chiste con algunas divagaciones de dudosa erudición, y hacer una asociación, quizás un poco laxa, entre los escritos de nuestros más respetados intelectuales de la “generación del 80”, y este bizarro personaje encarnado por el genial Diego Capusotto. 

El puto que asusta

Se trata de la parodia de una nota periodística, en la que se investiga la presencia de un extraño personaje que se dedica a aterrorizar a la gente. Su modus operandi es aparecerse sorpresivamente, al modo de un fantasma —aunque a plena luz del día—, en medio del camino de los incautos transeúntes, quienes se ven espantados ante las conductas de este inofensivo individuo. Conductas que podemos describir como una especie de performance caricaturesca de lo que para muchos es el estereotipo de lo “gay”: alguien sumamente histriónico, fanático de George Michael, y que usa trajes blancos y bufanda fucsia. 

Los vecinos entrevistados por el periodista resumen las posibles conjeturas acerca del asunto en cuestión:

– por un lado, la idea de que este individuo “provoca fuertes daños psicológicos, traumas”, y que sería parte de “una conspiración homosexual (…) se juntan entre ellos y quieren tomar la sociedad”. 

– Por el otro, “es el propio miedo social a una posible homosexualidad latente en cada uno de nosotros”, o “una manifestación del inconsciente colectivo”.

Ahora bien, es sabido que la primera de estas opiniones —la de la existencia de una secreta conspiración de “invertidos sexuales congénitos”— fue una idea ampliamente difundida por la medicina oficial de la Argentina de principios del siglo XX. Si leemos los escritos de los médicos e intelectuales más renombrados de esa época, y traemos la palabra autorizada de uno de los pioneros de la medicina legal en Argentina, el Dr. Francisco De Veyga, podríamos verificar que la inmigración “degenerada” del sur de Europa era la principal causante de esta peste que venía a pervertir a los jóvenes de la aristocracia local con “sofisticadas trampas”. Así, era deber de la medicina prevenir entonces la desgracia de la “inversión adquirida”. Tales ideas pueden leerse con total claridad en los múltiples escritos que el prestigioso criminólogo le dedicó a sus “invertidos sexuales”.

Pero De Veyga, nuestro Krafft Ebing rioplatense, no estuvo solo. Sus ideas sobre la sexualidad eran compartidas por la mayoría de los médicos y científicos de la época, entre ellos José Ingenieros, José María Ramos Mejía, Víctor Mercante, Eusebio Gómez y Bernardo Etchepare, por mencionar sólo a los más influyentes. Pero quien más compartió su pasión por los invertidos, uranistas o pederastas —si usamos el vocabulario científico del momento— fue Carlos Octavio Bunge (tío de Mario Bunge, renombrado profesor universitario que se hizo célebre por sus asiduas referencias al psicoanálisis argentino). A la personalidad de C. O. Bunge le fue aplicada la segunda hipótesis de los vecinos; “una posible homosexualidad latente”. Haremos un comentario sobre este chisme unos párrafos abajo. 

La conspiración de los invertidos

Si hay un rasgo necesario —aunque no suficiente— para hacer brotar los peores prejuicios fascistas, es el de la desconfianza paranoide. Según nos enseña el psicoanálisis, aquello que odiamos —o tememos— nos refleja un aspecto de nosotros mismos. Dime a quién odias y te diré quién eres.

Uno de los mayores temores del Dr. De Veyga y de nuestros positivistas, era el de la expansión de la homosexualidad (concepto que en rigor todavía no se usaba en el mismo sentido que el actual). Siguiendo el modelo de las enfermedades infecciosas, recientemente descubiertas por Pasteur, nuestros médicos temían una invasión invisible de “pederastas” que viniesen a pervertir a la juventud de la Nación, invirtiendo los valores de las “leyes morales” y de las “leyes de la naturaleza”. 

Descendiente de una larga tradición familiar de militares, criminólogo, higienista, formado en París en el Instituto Pasteur, obediente a los principios cientificistas de la época —entre ellos el darwinismo social—, De Veyga estaba destinado a ser un perfecto médico-policía. Así, fue De Veyga —junto a Ramos Mejía— quien “descubrió” a José Ingenieros entre la masa de obreros socialistas y anarquistas. Privilegiado conocedor del mundo de los marginales, e incansable estudioso, Ingenieros tenía el mejor currículum imaginable para el puesto de “jefe de clínica” en el Servicio de Observación de Alienados de la Policía. De modo que, sin tener todavía el título de médico, fue reclutado por De Veyga para ser el encargado principal de la vigilancia de contraventores y otros grupos considerados potencialmente peligrosos para el orden social.  El famoso “laboratorio vivo” al que se refirió Loudet:  

(…) el “Depósito de Contraventores” sito en la calle 24 de noviembre, y al que eran enviados todos los vagos, los atorrantes, los invertidos y lunfardos recogidos por la Policía de la Capital. ¡Qué muestrario maravilloso de degenerados hereditarios y desadaptados sociales ¡Qué espectro multicolor con todos los matices de la locura y el delito! ¡Qué tesoro psicológico de todas las anomalías y todas las perversiones!

De ese reducto, y con la turbia colaboración de sus policías, De Veyga irá extrayendo su muestrario de “invertidos”, a partir del cual escribirá su conocida serie de artículos sobre el tema, publicados en los Archivos de Psiquiatría, Criminología y Ciencias Afines, la revista que co-dirigió junto a José Ingenieros. 

Sin embargo, debemos tener en cuenta que en Latinoamérica los dispositivos de control que se intentaban aplicar desde el Estado (cárceles,  manicomios, escuelas, etc.) no tuvieron siempre la eficacia pretendida, no al menos del modo, mucho más organizado, en que ocurrió en Europa y Estados Unidos. Una cosa eran las intenciones de los dirigentes y hombres de ciencia, y otra cosa era lo que efectivamente pasaba. Según esta perspectiva hubo importantes resistencias que posibilitaron la supervivencia de distintas minorías. Y lo que es aún más interesante: estos focos de resistencia lograron inocular su inquietante influencia en la cultura nacional, a contramano de las concepciones de “nación” de  nuestra mediocre oligarquía. Qué otra cosa es si no el tango, música que nos representa hoy en todo el mundo, y que es sabido que salió de los prostíbulos. U hoy en día la degeneración del psicoanálisis —la cual ya es parte indudable de la cultura porteña— que supo hacerse un lugar al margen del cientificismo dominante.

De modo que, si bien es posible pensar esta dinámica desde la perspectiva del “control social”, tal como lo hicieron de manera muy fructífera muchos autores considerados foucaultianos, nos interesa más en este caso destacar el papel activo que tuvieron los distintos personajes de las minorías sexuales de la época. Dicho de otro modo, no fueron tanto De Veyga y sus policías quienes se llevarían el mérito de extraer la muestra empírica de sus “invertidos” objetos de estudio, sino que, por el contrario, fueron las glamourosas Rosita de La Plata, Manón, Aurora y La Bella Otero, quienes de manera provocativa, y luego de elegir su mejor vestuario, utilizaron la revista de Ingenieros para hacerse famosas y reírse de estos hombres de ciencia, dejando por otro lado un valioso documento para los historiadores de la temática de género. 

Una muestra de esto son las fotos que reproducimos en este número de Atlas (extraídas todas de los Archivos de Psiquiatría…), pergeñadas por sus mismas orgullosas protagonistas. Y lo mismo podemos entrever en la divertida autobiografía publicada como parte de un texto “científico” sobre los “invertidos sexuales”, que podrán también leer a continuación de este texto. Difícil no imaginar las carcajadas de nuestra “Bella Otero” al ver publicadas sus rimas en la más prestigiosa de las revistas científicas del país, al modo de una exitosa performance. Y difícil no interpretar esa autobiografía como una ingeniosa tomadura de pelo a los solemnes académicos.

C. O. Bunge y el pánico homosexual

De importancia central en el positivismo argentino, aunque de un estilo mucho más fino y sofisticado que el del Dr. De Veyga, la obra de Carlos Octavio Bunge también evidencia una íntima pasión por lo “queer” (si se nos permite el anacronismo en la utilización de tal término).

Su interés por las distintas formas de “desviación” de las normas de masculinidad y feminidad quedó plasmado no sólo en su amplia obra ensayística, sino también en muchas de sus novelas y cuentos. Sin necesidad de codearse con los policías y malandras del “depósito de contraventores”, C. O. Bunge se animó a explorar estos campos desde su lugar de pedagogo y desde la seguridad de las convenciones literarias. 

Sumándose a las voces —aunque desde un lugar un tanto ambiguo— de las campañas en contra de la “inversión” sexual y moral que, para nuestros positivistas, amenazaba el futuro de la raza argentina, Bunge se vio obligado a enmendar su más célebre obra literaria, “La novela de la sangre”. 

Haciendo un resumen muy parcial, el argumento original es el siguiente: Blanca Orellanos y Regis Válcena, dos personajes descriptos como “gente bien”, contraen matrimonio al día siguiente del inicio del “reino del terror” de Juan Manuel de Rosas, en una ceremonia “a la francesa”,  en la que deciden no invitar a Manuelita Rosas, la hija del caudillo. Al haber excluido a la familia Rosas de la participación de la fiesta, el evento es interrumpido por gente del ejército, quienes entran justo en el momento previo al “puede besar a la novia”. Válcena es llevado arbitrariamente a prisión, luego de lo cual se genera una larga ausencia que llevará a que Blanca, la novia abandonada, termine siendo seducida por un vulgar italiano, retratado bajo el estereotipo del inmigrante “degenerado”, con quien terminará engendrando un hijo de “mala raza”. En la escena final, luego de arduas peripecias, el fallido héroe se reencuentra con Blanca, pero se ve impedido a sellar el beso tan esperado. 

El motivo de tal impedimento final, según la interpretación de los críticos de la época, es el trauma histérico que sufre el protagonista por causa de la amenaza terrorífica del General Rosas, quedando así coartado de su virilidad, y ubicado casi en el lugar de una “mujer sensitiva”.

En un momento en que la literatura argentina se sumaba al proyecto de construir un modelo “sano” de nación que, entre otras características, exigía una delimitación categórica de los roles del hombre y la mujer (tal como lo plantean muchos teóricos e historiadores feministas, desde un modelo fuertemente heteropatriarcal), esta primera versión de la novela fue acusada por la crítica literaria de “retorcida” y de “mal gusto”. 

Obediente entonces a esta crítica literaria nacionalista y masculina, Bunge se vio obligado a reescribir el desenlace. Así, en la segunda edición, el autor decide en primer lugar que el niño de sangre contaminada muera súbitamente, y el italiano salga de la escena llevándose el cadáver, limpiando así el panorama de toda degeneración. Luego de esto, planta un burdo final feliz, que pareciera ser producto de una irónica resignación literaria, digno de un melodrama sobreactuado:  el héroe le estampa a su amada “el beso mágico del príncipe salvador anunciado por el hada madrina: el mágico beso que venía a despertar a la princesa encantada que dormía en su lecho desde un siglo”… Tal es el ajuste —de dudoso gusto— con el que Bunge enmienda la fallida masculinidad del protagonista, buscando lograr así que este modelo mejorado de “raza” y “nación” se muestre triunfante por sobre una degeneración sexual, extranjera y decadente.

Retomando ahora el episodio del “puto que asusta” de Peter Capusotto…, aquí los comentarios de la época se acercaban mucho a la segunda conjetura de los vecinos. De estirpe freudiana, dicha conjetura postula que la causa del rechazo al homosexual tiene que ver con “el propio miedo social a una posible homosexualidad latente en cada uno de nosotros”. En esa línea, hubo toda una serie de elucubraciones sobre la vida íntima de C. O. Bunge. A partir de comentarios de la época, algunos insinuados por su amigo Manuel Gálvez y por sus biógrafos Cárdenas y Payá, Bunge quedará registrado como uno de los protagonistas más curiosos dentro de la historia oficial de la homosexualidad en Argentina. Juan José Sebreli y Osvaldo Bazán le dedican algunas páginas en sus trabajos históricos sobre el tema, pero es fundamentalmente Jorge Salessi en su libro “Médicos maleantes y maricas” quien aborda esta cuestión con la mayor lucidez.

Sin ánimos de certificar la veracidad de tales chismes (porque en rigor no son otra cosa que eso, chismes), al referirse a la obra de C. O. Bunge, Salessi hace un interesante uso del concepto de “pánico homosexual”, entendido como un cierto temor social que se da en las comunidades masculinas patriarcales que, al tener la necesidad de sostenerse como tales por medio de la exclusión de las mujeres, cumpliría la función de regular las “intensidades afectivas homoeróticas que son plausibles de convertirse en homosexuales”. O dicho de otra forma, los chistes y comentarios homofóbicos que se escuchan en las típicas reuniones de varones, vendrían a regular una distancia en pos de mantener el potencial homoerotismo a raya… Algo que, por otro lado, Freud planteó hace más de un siglo, apoyado en el armazón teórico del inconsciente (un poco más tranquilizador para nuestro “pánico homosexual”).

A quien le interese este tipo de elucubraciones, quizás entretenidas aunque un poco inútiles, podrá encontrar sospechas de homosexualidad en casi cualquier relación íntima entre amigos varones. En esta dirección, y para terminar este recorrido trayendo a la pareja de “amigos” más ilustre de la literatura argentina, algunos llegaron a plantear que la amistad entre Borges y Bioy Casares escondía efectivamente… una secreta relación homosexual. Otro chisme totalmente infundado, aunque no dejan de ser interesantes las posibles interpretaciones de algunos de sus ensayos y cuentos, o los constantes chistes sobre homosexuales que divertían tanto a estos dos amigos, como se puede ver en el curioso anecdotario que Bioy Casares publicó bajo el título de “Borges”. 

Es así que en cierto modo eso mismo que nos “asusta”, y que evidentemente despierta algo en nuestro inconsciente, también nos puede hacer reír. Lo cual debe advertirnos de otro obstáculo mucho más difícil de sortear, y es aquí donde el psicoanálisis viene a aportarnos sus herramientas. Y es que los esfuerzos más comprometidos en pos de concientizar y denunciar las injusticias a las que son sometidas las mujeres y las minorías sexuales, aunque necesarios, quizás no sean suficientes si no tratamos también nuestras propias neurosis. 

Testimonio de esto, y si se me permite una pequeña chicana, un poco vulgar pero no por eso menos cierta, ¿quién no ha pensado algo de esto al ver los afectuosos abrazos de gol de los futbolistas? ¿O los prolongados franeleos de los luchadores de jiu jitsu? Podría dar evidencia empírica sobre el último caso, pero no es mi intención difamar a mis amigos. En vez de eso, recomendaría ir a leer las propuestas de Judith Butler, fundamentalmente las que apuntan a pensar el género no como una cosa estática, sino más bien como una performance, que como tal existe sólo en actos, no en esencias

Las bases “científicas” 

Se suele decir que en la Argentina de principios del siglo XX, antes que en ninguna otra época, la producción intelectual y científica vernácula supo estar a la altura de los más grandes centros de pensamiento del hemisferio norte. José Ingenieros, Ramos Mejía, Ameghino, entre otros intelectuales que compartieron sus ideas con Bunge y De Veyga, fueron merecedores de los mayores honores, y sus nombres hoy se confunden con calles, plazas y hospitales, como corresponde a todo prócer digno de tales títulos.

Sin embargo, y tal como lo planteamos en el presente trabajo, si uno lee hoy, en el siglo XXI, casi cualquier página de la obra de nuestros intelectuales médicos, salta a la vista una incómoda verdad, que contrasta con la alta calidad literaria de muchas de esas páginas. Hay que decirlo con todas las letras: las opiniones de la elite ilustrada de la Argentina del Centenario están plagadas de todos los prejuicios imaginables en contra de todo tipo de minorías. No solamente las minorías sexuales, sino también indios, pobres, inmigrantes, enfermos mentales, etc., al ser analizados bajo el tamiz de la “degeneración”, caen todos en la categoría de “parásitos sociales” que el cuerpo sano de la Nación debe eliminar (todas ideas que serán luego explotadas por el nazismo y por distintas dictaduras militares, como es bien conocido).

Ahora bien, ¿cómo es posible que los más lúcidos de nuestros intelectuales y hombres de ciencia hayan caído en tan burdos prejuicios? ¿Eran José Ingenieros, Francisco De Veyga y Carlos Octavio Bunge unos monstruos fascistas? Tal como como nos sugiere Zaffaroni, no podemos disculparlos livianamente con el argumento de la “cuestión de época”, ya que así como circulaban con cierta naturalidad este tipo de discursos racistas, clasistas y sexistas, también existían, en la misma época, otras voces de gran progresismo, inclusive en nuestro propio país. Pero tampoco podemos denunciar a estos autores como si fueran unos meros sádicos protonazis. No eran tanto sus ideas individuales, sino el paradigma desde el cual se pensaban los hechos, lo que permitía que tales prejuicios sean aprobados como ideas legítimas o, lo que es más siniestro, como hechos aceptados por la ciencia. A lo que se agrega, en lo que respecta a la sexualidad, los prejuicios, miedos y ansiedades a los que nos somete nuestro inconsciente.

He aquí entonces un inmejorable ejemplo de cómo la Historia nos sirve de herramienta para pensar la ciencia, en este caso, al advertirnos sobre las funestas consecuencias a las que puede llevarnos la obediencia ciega a las “verdades” de turno. Para ser claros: el odio contra las minorías, dentro del escenario de entresiglos, no se justificaba ni con argumentos religiosos (la mayoría de estos intelectuales se declaraban ateos y anticlericales), ni con doctrinas ideológicas. El discurso que los legitimaba era el científico, considerado —como sigue ocurriendo en cierta medida en nuestro siglo XXI— como el discurso más autorizado para acercarse a una verdad con pretensiones de universalidad.

Para terminar, consideramos necesario aclarar que el tono jocoso con que tratamos el tema no implica que estemos minimizando la seriedad del problema, en este caso, el problema de la homofobia. Por el contrario, nuestra intención al publicar estas líneas, junto con los documentos originales de la época, es visibilizar los modos en que se reproducen los peores prejuicios homofóbicos (de los cuales a veces somos partícipes más o menos conscientes). Prejuicios que no necesariamente tienen que ver, como dicen muchos, con mentalidades “retrógradas”, “medievales”, o con “gente ignorante”, sino que, insistimos, muchas veces provienen de los claustros universitarios, y se reproducen y se sostienen con el valor de una “verdad” legitimada por la ciencia.

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