Por Diego Costa

Hemos conocido algunos simuladores fumistas. Sujetos mentalmente superiores, hiperestésicos e hiperactivos a la vez, exuberantes de vida y de alegría, su ocupación característica es deleitarse en “tomar el pelo” a los tontivanos, haciendo un verdadero deporte de la fisga; “burla que se hace de una persona, con arte, usando de palabras irónicas o de acciones disimuladas”, según la define el Diccionario de la Academia. Esa forma de juego, a puro ingenio, suele llevarlos a simulaciones extraordinarias, elevándolos de muchos modos sobre los demás simuladores. (…) 

El objetivo del fumista simulador está en la simulación misma y en el placer intelectual que le reporta realizar su propósito. Es, a menudo, un artista de la simulación: trabaja, apasionadamente, por amor a su arte.

 José Ingenieros, La simulación en la lucha por la vida, 1903

En el panteón de los héroes de la medicina argentina, la historia acomodó a José Ingenieros y a J. M. Ramos Mejía en el podio entre los más encumbrados. Durante mucho tiempo fueron considerados “grandes médicos” y “hombres de ciencia” de una época dorada. Hoy en día algunos destacan en primer plano el lugar que tuvieron, no en la ciencia ni en la medicina, sino en la literatura. Otros, los más críticos, tienden a reducirlos al papel de funcionarios públicos, marionetas de un poder de dudosa legitimidad. Unos cuantos incluso sostienen que la obra de estos “grandes hombres” no merece ser leída más que como meros delirios e imposturas.

¿Científicos, escritores, funcionarios o simuladores? Seguramente, dirán algunos, de todo un poco.

Siguiendo la estela de Oscar Terán, la lectura académica predominante en torno al “pensamiento” de la Argentina del “900” ha tendido a encasillar la obra Ingenieros y Ramos Mejía (por tomar a los dos más célebres) en la categoría “positivismo”, haciéndolas funcionar como paradigmas de pensamiento, ficciones urdidas por la “coalición cultural del estado liberal” o discursos reducidos a engranajes de un “dispositivo de poder”. En los trabajos de investigación realizados en el campo de la historia “psi”, estas lecturas son de inestimable valor en tanto ofrecen herramientas claves para un análisis crítico de los vínculos entre ciencia y política. Además de los textos sobre positivismo de Oscar Terán, recomendamos especialmente para esta orientación Médicos maleantes y maricas de Jorge Salessi y Ficciones somáticas de Gabriela Nouzeilles. 

Si bien valiosas (sino indispensables) a la hora de ejercitar nuestro pensamiento crítico, estas lecturas, una vez que nos llevan a poner el foco en las “dinámicas de poder” con el esquema foucaultiano bien aprendido, pueden precipitarnos a conclusiones apresuradas, en tanto nos dejan un terreno abierto para opinar sobre la obra de los positivistas sin necesidad de leer nunca la fuente primaria. 

En el mismo sentido, si uno se toma el trabajo de desempolvar y ponerse a leer los escritos de esta generación —previamente informados sobre el papel del positivismo argentino y latinoamericano—, se corre el riesgo de entrar comprendiendo de antemano y así leer sólo aquello que ya sabemos que está: el positivismo rancio, los esquemas lombrosianos, el racismo “científico”, el darwinismo social, los estereotipos hetero-patriarcales, etc.

Toda lectura viene cargada de un combo de sobreentendidos, se nos dirá. No hay verdadera posibilidad de una lectura libre de preconceptos, estamos de acuerdo. Pero asumiendo esas limitaciones, vale la pena intentar otra lectura a partir de nuevas perspectivas, dejando a un costado la idea de que los trabajos de Ingenieros y Ramos Mejía (también los de C. O. Bunge, De Veyga, entre otros) estaban guiados sólo por una intención de “hacer ciencia” o de prestar sus servicios a la oligarquía pseudoaristocrática. 

La cuestión es, ¿qué pasa si suspendemos por un momento el a priori de esas lecturas canónicas? ¿Qué pasa si leemos estos textos como si fuesen no tanto la obra de dos positivistas sino, por ejemplo, la de dos grandes jodones? (O fumistas, para usar un término más adecuado a la época).

Esta segunda vía, alentada por ideas de Horacio González (Restos Pampeanos) y Silvia Molloy (Poses de fin de siglo), nos abre a otro universo de lectura que nos depara grandes satisfacciones. Algo que, por otro lado, ya pudimos vislumbrar en un trabajo previo publicado en esta misma revista, cuando descubrimos un texto en el que Ingenieros describe de manera pícara “la cabeza deforme” y lombrosiana del mismísimo Cesare Lombroso.

En esta línea, al leer muchas de las descripciones psicopatológicas que hacen, por ejemplo, de Juan Manuel de Rosas, de los italianos o de un paciente al que “se le alborota la naturaleza”, puede darnos la impresión de estar frente a textos plagados de chistes internos entre amigotes que escribían lo que les daba la gana, con una impunidad total y sólo para divertirse y tirar dardos contra el primer personaje o grupo que les resultara poco simpático. 

Una lógica científica con un grado de rigor similar (aunque más sofisticada y con mayor sentido del humor) al que escuchamos hoy en ciertas “opiniones de expertos” que nos ilustran por televisión con sus sesudos análisis en torno a la psicopatología de Maradona, el “cerebro argentino” o el “síndrome de Hubris” de la ex presidenta.

Dicho en criollo, más bien “guitarreada” que método científico honesto. O peor, una especie de Polémica en el bar, pero en el caso de los escritores del 900, de alto vuelo literario e intelectual.

Dandys, de gran estilo y personalidad, pero, es justo señalarlo, con sus bajezas y sus momentos de crueldad, no siempre explicables desde el marco positivista… Lo que nos lleva a la triste historia de Armandito.

El caso Armandito

Si hablamos primero de José Ingenieros, la escena más célebre, ya señalada por Silvia Molloy y Horacio González, quedó registrada en un caso clínico de su propia cosecha (que reproduciremos al final de estas líneas), publicado en la tesis con la que obtuvo su grado de Doctor, en el que nos instruye sobre un caso de “delirio determinado por sugestión”. 

Ahora bien, si leemos el caso nos encontramos con que, lejos de tratarse de una observación empírica de un paciente del hospital o de su consultorio, se trata del relato de una broma grupal que hoy muy bien podríamos calificar de simple y llano bullying, cuya víctima fue lo que se dice “tomado de punto” en más de una oportunidad. La broma (o el experimento científico de inducción al delirio) consistió básicamente en hacerle creer a un inocente joven que era hermano del misterioso Conde de Lautréamont.

La víctima del “titeo” (que era la palabra usada en la época para referirse a las cargadas en patota dirigidas siempre contra alguien ubicado en posición de desventaja, al modo de las “joditas” de Tinelli) fue un conocido escritor uruguayo, Armando Vasseur, que pasó a la posteridad no tanto por el mérito de sus obras, sino por un ataque del que fue víctima en manos de otro escritor de la orilla oriental: una ametralladora de insultos ejecutados en una especie de ejercicio de estilo en el arte del agravio, texto que hoy es muy conocido en el mundo de las letras charrúas, en el que podemos leer cosas como: 

“Armandito Vasseur a quienes todos conocen en Buenos Aires por los deliciosos epítetos de Ovejita, Cachua, Ovejita loca (Florencio Sánchez), Sulamita, y a quien todos se permiten en aquella ciudad palmearle mimosamente las caderas y darle besitos en las mejillas. Armandito Vasseur, una síntesis de tilinguería, un tonto célebre, un arquetipo de la estulticia, un ingenuo, un pobrecito hablador, un bebé literario, un bisquit, un paraninfo…”

En la misma línea de bajeza, y ya nada original, Ingenieros repetirá el ataque en una carta pública (en respuesta a unas críticas poco elogiosas de Vasseur a un artículo suyo), en la que lo califica de “eterna impúber intelectual, aguijoneada por el histerismo que deriva de su dismenorrea psíquica”, refiriéndose al uruguayo siempre en género femenino, lo que muestra un particular ensañamiento con su vida sexual. Si tenemos en cuenta que en esa época la homosexualidad ni siquiera podía ser nombrada, llama aún más la atención el modo en que Ingenieros se empecina con el tema diciendo, entre otras cosas, que Vasseur “ha sido durante más de un año querida de un joven literatito, más hábil en las lides del sexo que en las de la métrica; además es público y notorio que ha acordado a otras personas frecuentes extras sexuales, inclusive algunas de aquellos que en Roma fueron de pertinencia de las fellatrices”.

Luego de dejar asentada su opinión de que “esta joven megalómana solo puede servirme como caso clínico para el estudio de las psicopatías de los degenerados” terminará por admitir que Armandito fue objeto de “numerosos titeos entre la gente de letras”, llegando a confesar que él mismo, “como todos por aquí” lo ha “titeado mucho”, para terminar rematando: “pero, ¿soy yo culpable de que ella naciera predestinada al ridículo?”

Pero volviendo a la escena del “caso clínico”, tiempo antes de estos escándalos dignos de vedettes, se sabe que al momento de su supuesto “brote inducido por sugestión”, Vasseur era un jovenzuelo recién llegado a Buenos Aires, muy probablemente encandilado por la emoción de poder participar en veladas junto a la crème del modernismo literario. Y por lo mismo, víctima ideal para las bromas que le harían aquellos mismos que él consideraba sus maestros. Si leemos sus memorias, sabremos que se tenía a sí mismo en alta estima como poeta, y que poseía una relación muy particular con las palabras, siendo el primer traductor de la obra de Walt Whitman al español. Algunos dicen que el principal motivo que lo hizo blanco de las crueles cargadas era su condición de homosexual, aunque no hay documentos claros que lo puedan constatar. 

De cualquier manera, nada de esto le impidió formar parte del estrecho círculo de la patota modernista liderada por Rubén Darío y José Ingenieros, La Syringa, un grupo de escritores que se reunía a maquinar bromas literarias en tertulias en el centro de la ciudad, en las que también participaba Leopoldo Lugones, otro ídolo de Vasseur.

Para ir terminando, y como último aporte a la historiografía del “titeo”, creemos haber descubierto otra chanza temprana contra del pobre Armandito, de la que da testimonio él mismo en sus memorias:

Broma perpetrada por el mismo Rubén Darío, quien por la misma época fue el que “entregó” a Armandito a José Ingenieros para ser utilizado como “caso” para “observaciones psicopatológicas”.

Ejercicio riguroso de ciencia positiva o tomadura de pelo, lo cierto es que en las varias ediciones de su celebrada tesis La Simulación de la locura, el caso clínico y su “terapéutica por el ridículo” habrán generado más de una cruel carcajada en el mundillo literario rioplatense, donde pegarle a Armandito se había vuelto un deporte. 

Dejaremos a Ramos Mejía para una próxima publicación, ya que sus textos “científicos” son un auténtico festín literario, y merecen ser leídos con mayor atención. Mientras tanto les dejamos como adelanto un divertido caso clínico, escrito con un estilo mucho más afín a la tradición de un Fontanarrosa que a la de Hipócrates.

Anexo I: Caso clínico J. Ingenieros

“Observación V. – Delirio parcial, determinado por sugestión

X. X. – Joven de origen incierto; cree haber nacido en Montevideo. Tuvo adolescencia accidentada, viviendo, por fuerza, vida bohemia. Como resultante de ella tiene preocupaciones de índole literaria no careciendo de alguna inteligencia y cultura.

A principios de 1893, deseando conocer a algunas personalidades literarias de Buenos Aires, llegó a ser presentado al poeta Rubén Darío. Manifestó ser nuevo en la ciudad; le narró sus aventuras de adolescente, exagerándolas en forma novelesca. Sorprendido Darío por la nebulosa fantasía del joven y su aspecto neuropático, nos invitó a conocerle, considerando que podría ser “caso” para observaciones psicopatológicas. Acordamos sugerirle algunas ideas novelescas e inverosímiles relacionadas con su propia persona, para estudiar su susceptibilidad a la sugestión.

De común acuerdo escogimos lo siguiente. Hace algunos años publicóse en Francia un libro interesante y original, titulado Chants de Maldoror , cuya paternidad se atribuyó a un conde de Lautréamont, que se decía fallecido en un hospicio de alienados, en Bélgica. Como se dudara fuese otra la paternidad legítima del libro, el escritor León Bloy publicó diversos datos sobre el supuesto autor, afirmando que había nacido en Montevideo, siendo hijo de un ex cónsul de Francia en esa ciudad. Sin embargo, algunas investigaciones practicadas al respecto no confirmaron jamás la especie fraguada en el Mercure de France.

Con ese precedente, Rubén Darío hizo observar al joven psicópata su parecido físico con el conde de Lautréamont, de quien Bloy había publicado un retrato. Le manifestó, también, la sospecha de que, por algún embrollo de familia, ambos debían ser hermanos.

Halagado por la perspectiva de una fraternidad que consideraba muy honrosa, e insistentemente sugestionado por nuestras discretas insinuaciones, el joven admitió la posibilidad del hecho, luego lo creyó probable, más tarde real, y, por fin, ostentó como un título su condición de hermano natural del imaginario conde de Lautréamont.

Esta idea delirante comenzó a sistematizarse en su cerebro y llegó hasta hacerse inventar la siguiente explicación: Recordaba haber visto, en la infancia, que su madre recibía visitas demasiado íntimas de un señor muy rico, francés, sumamente parecido a su pretendido hermano y a él mismo; ese hombre debía ser, sin duda, el cónsul francés a quien se suponía padre de ambos. Las relaciones de su madre con ese señor eran anteriores a su nacimiento; este hecho había sido, precisamente, la causa de que su padre y su madre vivieran separados. Él debía ser, pues, hijo natural del cónsul francés y hermano del conde de Lautréamont por parte de padre.

Sin insistir sobre cierta anomalía moral necesaria para urdir semejante novela, poniendo en juego la virtud de su propia madre, diremos que semejante delirio valió al sujeto algunas burlas, cada vez menos discretas.

Comprendiéndolo así, convinimos con Rubén Darío en la necesidad de desugestionarlo; le hicimos con mucha dificultad reconstruir el proceso de autosugestión porque había pasado tiempo desde cuando la indujimos esa idea delirante, y el enfermo curó, gracias, en parte, a la sabia terapéutica del ridículo. Han transcurrido varios años y no ha vuelto a presentar síntomas de ese delirio inducido por sugestión.”

Anexo II: Caso clínico J. M. Ramos Mejía

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