Por Marcos Zurita

La práctica de la psiquiatría se ha diversificado. El objeto de estudio y campo terapéutico no es el mismo hoy que el de su nacimiento formal como disciplina médica en el siglo XIX. 

La percepción de ese cambio, sin embargo, aún queda por formalizar ¿Por qué?  Lo primero que se evidencia es que no se ha roto el paradigma asilar. Los viejos edificios asilares siguen en pie (es un decir) y los nuevos asilos privados, con más seguridad y menos parques, se sostienen como un buen negocio. Tampoco ha muerto la práctica de control y encierro en las metástasis psiquiátricas en los hospitales generales. Una foto de una internación psiquiátrica no difiere, salvo por la hotelería, entre una centro público o privado, de Buenos Aires o del Interior. De Argentina o de Estados Unidos. De hoy o 1920.

Sigue siendo ésa la psiquiatría visible, la de las luchas ideológicas, la sobreinterpretación y el festival del eufemismo. La intención de este texto es meterse con la otra psiquiatría (con perdón de los amigos hispanos, que utilizan el “otra” en una dirección diferente – acaso especular, pero eso será discusión para otro momento).

Conviven en este tiempo dos prácticas bien diferenciadas de psiquiatría. La visible y estridente que acabo de mencionar y la invisible, silenciosa.

Es sobre ésta que quisiera poner la atención. La psiquiatría de consultorios anónimos, a veces particulares, a veces tercerizados por las precarizadoras de salud (obras sociales y prepagas). Un enjambre de profesionales que atienden pacientes en su mayoría estables, con síntomas leves. Una forma de practicar la psiquiatría que no existía hasta no hace mucho tiempo y que va camino a ser (o ya es) la mayor extensión de la praxis psiquiátrica.

Si la urgencia escandalosa es la vía de entrada al sistema decimonónico-asilar (es el adjetivo el que determina la internación: a veces pacientes muy graves pero tranquilos quedan en sus casas y pacientes menos graves pero estridentes son internados sin dudar), la entrada de los pacientes a la psiquiatría invisible es por la via de la recomendación o de la identificación

La recomendación de un amigue, un familiar o un psicoterapeuta usualmente involucra la frontera de la medicación. Si un cuadro llega a cierto volumen, se piensa en la posibilidad de la prescripción y el que prescribe es el psiquiatra. 

Acá tenemos que hacer notar dos cosas: a) el aumento de la psiquiatría invisible está relacionado íntimamente con el aumento de la oferta farmacológica, que a su vez se enlaza con el aumento del número de diagnósticos y b) el enjambre de psiquiatras invisibles tiende a estar suelto, muchas veces desorientado, con respecto a su formación, y arma sus criterios médicos bebiendo de la fuente del saber de la propaganda médica, tanto en forma directa (pavloviana: recibir comida mientras escucha un referente dar información sesgada) como indirecta (“actualizarse” con líneas de pensamiento que conservan de alguna formación lejana). Es justo relativizar esta generalización mencionando que tambien existe hay un subgrupo de la psiquiatría invisible que podríamos llamar críticos, freaks o fumistas, cuyo linaje se puede entrever en los márgenes del mainstream. No vamos a hacer nombres. 

En el siglo XIX, por poner el ejemplo kraepeliniano, un paciente psiquiátrico podía tener un diagnóstico de demencia precoz, psicosis maníaco depresiva o paranoia. Estoy siendo reduccionista, pero la idea es que el paciente psiquiátrico se constituía en un diagnóstico fuerte y en un tratamiento que implicaba casi seguro una internación (asilo) más alguna sedación opiácea. 

Hoy, que los diagnósticos psiquiátricos se han diluido, un paciente psiquiátrico puede ser alguien que no puede conciliar el sueño en un contexto de crisis amorosa. O alguien que despierta la sospecha de una depresión ante una coyuntura económica complicada. La nosografía psiquiátrica le ha ganado terreno al río de la normalidad utilizando de relleno pastillas y prejuicios sobre conductas  y emociones.

Es triste decirlo pero la mayoría de las consultas de la psiquiatría invisible ven en el psiquiatra el rol de un triste empleado de la aduana que habilita el paso a la farmacia. Cuesta practicar con soltura el lado clínico de la psiquiatría. En ocasiones, si se demora mucho en hablar de medicación, aparece la frustración de quien consulta con la idea de la pastilla resolutiva; otras, hay que soportar con mayor o menor paciencia, los “retos” de la rama encorsetada de los psicólogos y psicólogas que reaccionan hostil si el psiquiatra pregunta y escucha en vez de hacer la receta. Por suerte el paso de los años hace que uno arme redes con psicoterapeutas con espíritu clínico libre y logra reirse de aquellos y aquellas que se ofenden si uno no hace lo que su fantasía les dicta (desde  “tu psiquiatra no tiene por qué preguntarte eso, él solo tiene que ver qué medicación te da” hasta “no le des un antidepresivo porque estamos trabajando con la angustia”). 

La identificación como entrada a la psiquiatría invisible tiene que ver con recomendaciones más universales. La popularización en la cultura masiva de diagnósticos y tratamientos. Casi no hay serie o película actual que no mencione un fármaco, un diagnóstico o aparezca un psiquiatra como personaje secundario. La profesión ha dado muchos bolos al gremio actoral.

También los mediáticos con matrículas que van a la tele son una gran usina narrativa en las que el televidente descubre que “eso que le pasa” (o que cree que le pasa) se llama “X” y se trata con un psiquiatra. Esos nuevos usuarios tocarán el timbre de la psiquiatría invisible.

El propósito de este texto es un llamado a pensar estas prácticas psiquiátricas. En la relectura rápida, ya me doy cuenta que peca de reduccionista y provocador. Pero por algo se empieza. Esto no termina acá.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *